2010/09/19

Entrevista al empresario ecoforestal Aldo Ennio Rudi

Forestador de negocios.  El mayor forestador de Córdoba no oculta su crítica opinión sobre las regulaciones al bosque nativo. El árbol también es un negocio, afirma, y por eso implantó millones de ejemplares en 50 años de actividad.

A los 80 pirulos y tras haber conducido su auto por los 220 kilómetros que hay entre Río Cuarto y Córdoba, él insiste en querer mostrar su currículum. No es necesario, Aldo Rudi es tal vez el mayor experto forestal del país. ¿Cuántos árboles puso en su vida? “Millones, millones...”, dice. Con esa experiencia asegura que el desafío del presente no es preservar voluntariosamente los montes deteriorados, sino reimplantar y generar un negocio alrededor de sus amigos de toda la vida, los árboles.


–¿Cree en tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol?
Es una manera de empezar. Plantar un árbol es una cosa muy importante. Lo demás, es obvio.

–Todos deberíamos hacerlo.
Hoy más que nunca. El que piense que vamos a preservar está en el tiempo pasado. Hay que acomodar las cosas en la medida en que los fenómenos van sucediendo. El ser humano tiene la capacidad de remediar muchas cosas porque todo es cambiante.

–¿Se refiere al desmonte ya producido?
–Estamos creciendo de forma desmesurada, la presión alimentaria va a ser terrible y en consecuencia los espacios del hombre para producir alimentos se van achicando. Hay que ser dinámicos en incorporar espacios.

–El equilibrio parece ser difícil de conseguir.
–Argentina es de los pocos países que tuvo dos congresos mundiales forestales. El último fue en 2009 y la tónica era la producción, la sustentabilidad y el hombre primero que nada.

–En la punta de la pirámide.
–Exactamente. Todo tiene que ser sustentable. Los bosques, la agricultura, porque la presión y las necesidades son cada vez mayores.

–¿Cómo se lleva usted con esos paradigmas que dicen, por ejemplo, “antes había más árboles”?
–En este campo hay muchas y muy buenas intenciones, pero también hay mucha ignorancia, incluso a nivel profesional. Cuando llegó el español, este territorio no era muy privilegiado por la naturaleza. Había bosques importantes en el norte y noroeste, pero de ahí para abajo más que bosques lo mayoritario eran los montes.

–Monte bajito y cerrado.
–Algunos con especies valiosas, como el caldén y el algarrobo, pero también mucho espinal. Del español para acá comenzó la explotación en la medida que la tracción lo permitía. Primero fue manual, después con el carro, y finalmente el tren y los camiones terminaron todo el resto.

–¿Qué quiere decirme con eso?
–Nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos realizaron un uso intensivo de los bosques. Los árboles se transformaron en vigas, ladrillos y calefacción. Fíjese que en el reciente tratamiento de la Ley (de bosques) los dueños de los bosques no habían sido consultados, desde los terratenientes con grandes extensiones hasta los pequeños chacareros y paisanos que tienen 30 ó 40 hectáreas. No con la prohibición se va a ir para adelante, sino con la acción. Preservar lo que ya no sirve, no tiene ningún valor, ningún sentido.

–Epa, me dejo regulando con eso. “No tiene valor preservar lo que ya no sirve”.
–Los grandes incendios del sur de Europa me enseñaron algo: casi siempre se quema lo que no se cuida. Lo que vale, se cuida. Lo que no vale y no sirve, generalmente desaparece.

–Esa también es una idea dura, difícil de asimilar.
–En todo este debate que hubo la gente no ha tenido en cuenta que el bosque nativo pasó 200 ó 300 años de pastoreo, sobrepastoreo y extracción. Insisto, han sido nuestros abuelos y bisabuelos. Quedó en gran parte de la provincia el fachinal, un bosque parásito que con el frío y las heladas no genera nada. Al no absorber anhídrido carbónico no produce nada.

–Pero el resultado innegable es que hay menos árboles. ¿Es un drama sin solución o es recuperable?
–Sí, hay menos árboles. Se ha agrando la actividad agrícola desmontando lo que no sirve. Nadie es tan estúpido en voltear un monte que pueda servir. Pero si un monte da siete u ocho kilos de carne por hectárea, no es sustentable, porque no le alcanza siquiera para pagar los impuestos. Y el dueño tampoco le puede sacar madera porque es un arbustal y ese arbustal ahora está compitiendo consigo mismo. Con 70 plantas de todo tipo por metro cuadrado, es un espinal donde todos compiten contra todos. Espinillo, mordillo, jarilla, tola. Ese no es bosque más nativo por más que uno lo vea verde desde el satélite. El monte nativo es el que encontraron los españoles, ahora usted no podría entrar ahí ni en cuatro patas.

–Parece que tenía ganas de decirlo de una vez por todas.
–Pero claro, dicen que quedaron 500 mil hectáreas de bosque nativo, lo que se olvidaron es de llamar a los dueños de esos bosques a la Legislatura. Tengo 17 vecinos (en río de los Sauces). Me tomé el trabajo de preguntarles si habían escuchado algo, ninguno sabía nada.

–Vuelvo al punto, ¿cuál debería ser la actitud frente a esto?
–Implantar lo que se pueda, investigar sobre lo que vale de lo nativo y preservar algunos espacios poniendo plata para cuidarlos.

–Concluyo en que usted, como experto forestal que es, entiende al productor que sacó monte para sembrar.
–Mire, un dueño de cinco mil hectáreas, se arriesgó y desmontó 200 hectáreas. Cuando desmontó y arrendó pudo sembrar y con la soja sacó 40 quintales. Alambre de por medio, el otro monte le rinde siete kilos de carne. ¿Usted cree que alguien va a parar a ese tipo? No se lo puede detener con prohibiciones, sino con incentivos y ayudándolo.

–¿Cuándo puso usted su primer árbol?
–Tuve la suerte de criarme en una zona donde había varios estancieros amantes de los árboles. Aquí se importaron muchísimas plantas y también jardineros italianos, ingleses y franceses, como Carlos Thays mismo. Fíjese el aporte de las tipas en la cañada y en el Parque Sarmiento.

–¿Pero cuándo fue?
–Habré tenido 16 años. Mi padre dijo: “Vamos a poner cuatro plantas y cuando cumplas los 18 vamos a hacer un surgente y vos vas a elegir un árbol”. Yo elegí un cedro que se murió con las nevadas de julio de 2007. En cambio los eucaliptos que plantó mi padre todavía están.

–¿Cuántos árboles lleva puestos en su vida?
–No sé, millones, millones... A mi primer plan forestal lo hice en 1960 en una estancia de Reducción.

–En todo el mundo los árboles se plantan desgravando impuestos.
–Así es. Y además los subsidios laborales para la inclusión social también sirven para implantar árboles. Estados Unidos tuvo una gran experiencia en esto y es el mayor productor de pasta de celulosa del mundo.

–Deduzco entonces que Uruguay está bien encaminado...
–Sí, tiene lógica. Acá tenemos mejores condiciones que ellos, más superficie para hacerlo.

–¿Y Córdoba?
–La superficie total es de 16 millones de hectáreas. Nosotros tenemos 3,5 millones de hectáreas de montaña. Equivalen a Misiones que exporta un millón de toneladas por año de productos forestales, y usa 265 mil viajes de camión. Tenemos espacio a rajacincha.

–No vemos el árbol como negocio.
–Exactamente, es algo que hay que revertir.

–¿Y cómo son los números del negocio?
–De una hectárea de pinos salen 100 mil pies cuadrados de madera. Cada pie cuadrado da entre 30 y 45 centavos de dólar, según la calidad. O sea que estamos hablando de un rendimiento económico que ningún cultivo puede empardar. Y si ponemos especies más valiosas, multiplicamos en dólares.

–Desde hoy los voy a mirar distinto.
–En mi campo tengo 156 hectáreas con pino que le ofrecí a un señor que puso a mi pedido un aserradero en el lugar. Eso genera un movimiento increíble en la zona, hay 50 personas trabajando, más los que vienen de afuera. Después de 22 años de espera, hay 400 toneladas de madera arriba de esa superficie. Sin pensar cuántas toneladas de raíz que se transforma en materia orgánica existe ahí debajo.

Contactos: http://www.eco-forestal.com/.  E-mail: a través de la web.  Teléfono: (0358)-4639127

Fuente: Walter Giannoni del Diario La Voz del Interior.  Domingo 19 de setiembre de 2010.  Ver fuente: http://www.lavoz.com.ar/suplementos/negocios/forestador
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